Frontera


por Olga Blázquez Sánchez


Fotografía: Olga Blázquez Sánchez. Tesis de doctorado. “Violent frontier architecture and artistic re-appropriation of borders: the production of space in Palestine and Western Sahara". Universidad Autónoma de Madrid.

ver também: espacialidade, território, periferia-centro

           
            La frontera, como ya estableció Étienne Balibar en su libro Politics and the Other Scene, es una palabra cuyo significado ha variado y cuyo referente se ha manifestado de diferentes formas a lo largo de la historia y a través de los múltiples espacios en los que se ha producido. Esto quiere decir que la frontera no es un vocablo unívoco y ello se debe a que posee una trayectoria histórica a sus espaldas —y también una proyección histórica hacia el futuro—. La frontera es el resultado de un devenir que ha situado la palabra en diversos lugares semánticos y materiales a lo largo del tiempo. Como consecuencia de todas estas cosas, tampoco existe una única —o universal— posición afectiva y política que las diferentes comunidades humanas hayan establecido con respecto a las fronteras.

No obstante, y a pesar de este aparente relativismo —que no es más que una fantasmagoría que habita en el corpus de ideas de aquellas parcelas académico-científicas reacias a entender la relacionalidad como algo inmamente y común a toda realidad—, la frontera sí que cuenta con una definición normativa coyuntural que es socialmente compartida: aquella que explica la frontera como una línea política (aunque también hay todo un discurso sobre las fronteras naturales), como un límite, como un filo o como una divisoria. Si pasamos de la definición bidimensional del término —emanada de la representación cartográfica de la frontera-línea— a la definición tridimensional —voluminosa—, vemos que aparece en escena la noción de muro o valla. Es decir, la línea en 2D se transforma cognitivamente —dentro de las entrañas del espacio normativo intersubjetivo— en un muro en 3D. Y esta traducción tiene implicaciones. Si la frontera-línea servía en el mapa para demarcar, para separar un desde-aquí de un hasta-allí, y, por lo tanto, para identificar y diferenciar esto de lo otro, la frontera-muro introduce en la definición de una manera más evidente la materialidad obstaculizante propia de lo fronterizo. La frontera-muro se instituye como una fuerza arquitectónica organizadora del movimiento de los cuerpos que determina las coreografías cotidianas de una forma muy específica —vinculada a un plan arquitectónico oficial diseñado por la autoridad de turno en cada caso—.

Hay tres nociones, no obstante, que no son evidentes —que no forman parte de la definición normativa de la frontera—, pero que hay que tener en cuenta a la hora de entender lo fronterizo en la modernidad: la frontera se distribuye también como área, la frontera es también atmosférica y la frontera opera también como método.

¿Qué quieren decir estas tres nociones? Veámoslo:

Considerar la frontera como área es entender que la frontera nunca se circunscribe a la línea o al muro, sino que se extiende territorialmente más allá de ambas cosas. La frontera la constituyen también los Estados tapón —por ejemplo, Marruecos es parte de la frontera sur de Europa con África, y los acuerdos bilaterales de gestión de los desplazamientos migratorios entre Marruecos y España así lo atestiguan— o las instituciones análogas a los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) españoles, ubicados dentro del territorio nacional.

Considerar la frontera en su dimensión atmosférica, por su parte, es entender que esta se inscribe en los cuerpos, queda encarnada en ellos. Esta acepción la tomo de algunos de los escritos de Léopold Lambert en relación con el muro israelí construido en Cisjordania y la mezclo con la que destila del texto de Gloria E. Anzaldúa, Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. La frontera atmosférica garantiza que ciertos cuerpos sean fronterizados. La fronterización construye racial y colonialmente al otro, para no dejar de identificarlo, para hacer de él un objeto-de-frontera perenne.

En tercer lugar, considerar la frontera como un método es entender que la frontera es un dispositivo que hace cosas —no solo por la dimensión intrínsecamente performativa de la arquitectura, sino también por los programas políticos desde los que se producen las fronteras—. La frontera es una herramienta para la gestión política. O es, en sí, una forma de política. Esta es una idea que queda desarrollada con detalle en el libro La frontera como método, de Sandro Mezzadra y Brett Neilson (en inglés: Border as method, or, the multiplication of labor).

La frontera, pues, y de una manera general, es aquello que introduce la discontinuidad en el seno de la continuidad relacional. Marca un corte. Esta recapitulación aséptica sirve, sin embargo, para explicar que la frontera también es reivindicada por ciertos colectivos o comunidades subalternizadas con el ánimo de afirmar su existencia en un mundo en el que las jerarquías de poder y el ejercicio de poder por cualquier medio amenazan con la destrucción de ciertos cuerpos más que otros. Es decir, la frontera es también una herramienta de resistencia y de emancipación empleada desde las políticas de identidad por parte de algunos colectivos.

Es por esto que resulta necesario siempre matizar el tipo de frontera del que se está hablando sin por ello caer en el buenismo equidistante —ese tan propio de expresiones como “nada está bien o mal”— que nos llevaría a afirmar que la frontera es un dispositivo neutral y que todo depende de cómo lo usemos. Porque sabemos, y Sara Ahmed en su obra Fenomenología queer también nos lo recuerda, que todo objeto está ya orientado de antemano —porque todo objeto es producido en el mundo de relaciones sociales que existe en cada contexto—. La frontera no es neutral antes de su uso; es decir, no es el uso concreto que le demos lo que orienta la frontera hacia este o aquel lugar sociopolítico. Y es que la frontera nace desde lo profundo de un mundo ya orientado. En todo caso, algunos planteamientos lo que harán será torcer y desviar más o menos esa orientación original. Es en el curso de esas deformaciones —que son las que constituyen la trayectoria histórica— donde la frontera puede —o no— devenir otra-decolonial. Cabe decir, para finalizar, que la producción de las deformaciones decoloniales será una tarea poética en el sentido etimológico del término.

Bibliografía:
Anzaldúa, Gloria. 1987. Borderlands/La Frontera: The New Mestiza. San Francisco: Aunt Lute
Books.
Ahmed, Sara. 2019. Fenomenología queer. Orientaciones, objetos, otros. Traducido por Javier Sáez del Álamo. Barcelona: Edicions Bellaterra.
Balibar, Étienne. 2002. Politics and the Other Scene. Traducido por Christine Jones, James
Swenson and Chris Turner. London and New York: Verso.
Lambert, Léopold. 2018. “L'architecture comme atmosphère.” Tracés 1: 22-23.
Mezzadra, Sandro and Brett Neilson. 2013. Border as method, or, the multiplication of labor.
Durham NC, and London: Duke University Press.




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Este trabalho é financiado por fundos nacionais através da FCT – Fundação Para a Ciência e a tecnologia I.P., no âmbito do projeto «CEECIND.2021.02636».